La vida de Luis
Por Sergio F. Aldrey [16/12/2006]
Luis bostezaba. La luz del sol aún no había
despertado la ciudad pero él acababa de hacerlo después
de escuchar el despertador en la otra habitación. Pronto se
escucharían más ruidos y la luz artificial acabaría
de espabilarlo.
Así era todas las mañanas, lo conocía muy bien,
y esperaba tranquilamente a que se sucedieran las rutinas, no sin sorprenderse
de que las cosas fueran así, y no de otra forma determinada:
el desayuno, el metro, las caras de sueño de los viajeros, el
sonido del vagón, el frío en la cara al salir de nuevo
a la calle, los coches, los pitidos, las prisas, el bullicio…
Le gustaba imaginar diferentes explicaciones para todo lo que se presentaba
ante sus ojos: los cereales eran barcos que intentaban flotar en una
tempestad de leche, el sonido del vagón del metro era el ritmo
que marcaba el conductor del tren para que todas los viajeros compusieran
en su cabeza diferentes melodías y los pitidos de los coches
eran simplemente el lenguaje que tenían estas máquinas
para darse los buenos días.
A Luis le gustaba jugar mentalmente con estas cuestiones y otras que
se sucedían a lo largo de toda la mañana. De hecho, una
vez llegaba a su lugar de destino, se pasaba la mañana entera
atendiendo a sus obligaciones y siempre lo hacía jugando y aprendiendo
a base de equivocarse.
Sus compañeros de trabajo eran como él y después
de una dura jornada de trabajo, lo que más les alegraba era
ver aparecer a su madre por la puerta de la guardería, ya que
la “sita” Ana era muy buena, pero madre no hay más
que una.
Treinta y cinco años después, Luis ha cambiado mucho.
Le ha crecido pelo por todo el cuerpo, se ha hecho mayor y tiene un
trabajo muy diferente al de la guardería. Se levanta por la
mañana bostezando, por supuesto, pero también pensando
en el Gordo de la Primitiva, desayuna a toda prisa y aprovecha el trayecto
del metro para echar una cabezadita antes de tener que enfrentarse
a Doña Ana, su jefa, que lo tiene bastante agobiado con los
objetivos de final de mes. Los pitidos de los coches no hacen más
que ponerle de mal humor y a veces le gustaría empezar a empujar
a todo el mundo cada vez que se ve rodeado de mucha gente.
Luis ha cambiado mucho físicamente: ya no es el niño
atlético que ganaba a todos en los juegos del patio. Se siente
torpe y una incipiente barriga está amenazando con liquidar
su vestuario de pantalones a corto plazo. El médico le ha recomendado
hacer ejercicio y el otro día, en el centro comercial, se compró una
bicicleta con la total determinación de poner freno a esta catástrofe.
Mentalmente Luis ha cambiado mucho más. Hace tiempo que dejó de
ser el niño que se dejaba sorprender, creativo y curioso. El único
juego del que entiende es ese de los seis números y el complementario.
Su cerebro está cada día más aletargado y aún
no ha encontrado en el centro comercial una solución a su problema.
Antes de entrar al trabajo, si el metro no se ha retrasado, aprovecha
los últimos minutos en la cafetería. Allí está María,
una compañera que lleva casi tanto como él en la oficina.
Le despierta mucha confianza y hay algo en ella que le hace sentir
bien. No sabe si es la forma de afrontar los problemas, o su sentido
del humor, pero María le recuerda a una época de su vida
donde las cosas tenían más colores.
Se sienta junto a ella y se fija en el libro que está leyendo: Gente
de mente
